Javier Sierra presenta en el Prado su nueva novela: “Hay que pulsar el botón de pausa delante de las grandes pinturas y aguardar a que nos hablen”

“Cuando entro en el Prado yo ya no veo pinturas, veo novelas. Cada cuadro es un libro”, dice Javier Sierra. Son las 21h en un Museo del Prado cerrado a las visitas y el escritor de los grandes enigmas, uno de los autores más vendidos de este país, dice esto plantado ante Sagrada Familia con Rafael, Tobías y san Jerónimo, la obra renacentista de Rafael Sanzio a la que también se conoce como Virgen del Pez. Tiene en torno a él una nube de periodistas que le siguen en este recorrido nocturno y sin aglomeraciones por una pinacoteca normalmente abarrotada. El motivo es la presentación a la prensa de su último libro, El plan maestro (Planeta), y que es una especie de continuación de otro que publicó en 2013, El maestro del Prado. Con él vuelve a adentrarse en las claves ocultas que, dice, esconden muchas obras de arte, y que para ser descifrados requieren una manera diferente de mirar. “Cuando uno entraba en una cueva con pinturas rupestres hace 40, 50 o 60.000 años esperaba que el chamán utilizara esas imágenes para contarle una historia. Yo hoy voy a ser vuestro chamán, y el Prado va a ser la cueva”, había dicho justo antes de empezar el recorrido.

Pongamos la mencionada obra de Rafael. Lo que un visitante cualquiera puede ver es a la Virgen con el Niño Jesús en su regazo, San Jerónimo leyendo una Biblia y el Arcángel Rafael con el niño Tobías, que sostiene el pez con el que sanará la ceguera de su padre. Pero si se conoce la trastienda del cuadro o se investiga un poco, se descubrirá que la cara de ese San Jerónimo es en realidad la de Pietro Bembo, personaje real de la época y “un tipo que mandó traducir textos antiguos, muchos de ellos herméticos, prohibidos, y que los sometió a debate entre las élites intelectuales de la época”, cuenta Sierra. El arcángel, en cambio, tiene el rostro de Pico della Mirandola, “el introductor de la Cábala en la Roma de la Edad Media. Es decir, un traductor o un impulsor de la traducción de textos heréticos habla con el introductor de la Cábala en una conversación que aquí se disfraza de sagrada, pero que tiene mucho del impulso esotérico que se manejaba en aquella época en Roma. Cuando descubres las fuentes de inspiración y los personajes con los que se articulan estas pinturas, te das cuenta de que hay otra manera de entenderlas”.

En El plan maestro son muchas las claves que se desvelan sobre un buen puñado de obras emblemáticas de la historia del arte repartidas en museos como el Prado, los Uffizi florentinos, los Museos Vaticanos o la Casa Azul de Frida Kahlo en Ciudad de México. Todas esas obras forman parte, en la trama de la novela, del Arcanon, una especie de canon alternativo del arte formado por obras que incluyen arcanos (misterios, secretos) y cuyas segundas lecturas quedan ocultas a las miradas superficiales. Solo cierto tipo de personajes son capaces de descifrarlas.

Javier Sierra, en el Prado.

Javier Sierra, en el Prado. / Javier Ocaña

Uno de ellos es un viejo conocido de sus lectores que Sierra ya utilizó en El maestro del Prado: Luis Fovel. Se inspira en un personaje real que el escritor conoció en el museo, cuando apenas era un estudiante de periodismo con ganas de saberlo todo y pasaba muchas tardes recorriendo sus salas. “Todo empezó delante de este cuadro. Era el cuadro favorito de Felipe IV, y por eso lo llamaban La perla“, cuenta Sierra de otra pintura de Rafael, titulada en realidad Sagrada Familia, que está justo enfrente del antes mencionado. “Aquí me encontré al maestro Fovel. Aquel señor mayor se me acercó y me explicó las claves de lectura: cómo había que estar pendiente siempre de las miradas de los personajes para entender la intención. Y en este caso vemos que el niño Jesús, por ejemplo, no mira a la Virgen, ni a ninguno de los personajes del cuadro, sino que pierde su mirada más allá del marco. Es una intención divina, está viendo lo sobrenatural”. Aquel hombre, al que se encontró unas cuantas veces más, no le dijo su nombre: lo de Fovel es invención suya. Después, desapareció misteriosamente. Años más tarde, cuando escribía El maestro del Prado y se había parado delante de ese cuadro cientos de veces, el escritor descubrió algo: una pequeña F (la letra) que no viene a cuento, porque no es la inicial del pintor, ni del obispo que encargó el cuadro ni de ninguno de los motivos o personajes que representa. Ningún especialista había hablado de ella. “¿Qué hace ahí?”, preguntaba el escritor a los periodistas con expresión de suspense. “Yo tampoco lo sé, pero en mi libro lo utilizo como Dios manda”, se respondía a sí mismo con una sonrisa.

Rey del enigma

Los enigmas y lo sobrenatural son la especialidad de Javier Sierra, un tipo con una admirable capacidad divulgativa que, antes de convertirse en escritor superventas, fundó revistas como Año Cero y se fogueó en programas de televisión como las Crónicas Marcianas de Javier Sardá. Hoy en día sigue participando en espacios televisivos como el de Iker Jiménez y colabora en radio con la COPE. Las cifras de sus libros apabullan: lleva vendidos más de siete millones de ejemplares, es el único escritor español que ha estado en la lista de los diez libros más vendidos de The New York Times y, para la primera tirada de este nuevo título, Planeta ha imprimido 250.000 ejemplares. La promoción que arrancaba anoche en el Prado tiene ya previstas 34 paradas y no ha hecho más que empezar. Después, de España saltará a América Latina, y de allí a EE.UU., donde le esperarán, como ya le ha pasado con lanzamientos anteriores, informativos matinales de las principales cadenas y presentaciones por todo el país.

Su nueva novela arranca en Hornos de la Peña, la cueva de Cantabria conocida por su pinturas rupestres. Javier Sierra, él mismo protagonista en este tipo de novela que identifica como faction, el género con el que los anglosajones llaman a algo entre la ficción y los hechos reales, hace una visita con su familia. Aquel viaje de unos días a diferentes yacimientos rupestres fue un experimento que quiso hacer con sus hijos después de publicar El maestro del Prado. Por edad, los niños estaban a punto de sufrir su ‘poda sináptica’ y empezar a ver la vida como pequeños adultos, más racionales e influidos por la cultura adquirida. Quería conocer su visión antes de que aquello sucediera y se mantuviera intacta una percepción infantil capaz de ver más allá. “Empezaron a conectar sombras, trazos apenas visibles, raspaduras en la pared, las estalactitas proyectando un halo sobre el fondo de la cueva”, cuenta. Tras cada visita, el escritor salía con páginas llenas de observaciones y de anotaciones. “Decidí que en algún momento tendría que incorporar esa visión de los niños a un libro, porque iba a a ayudar a los adultos que leyeran mi novela a recuperar esa capacidad imaginativa de aproximarse al arte”.

En El plan maestro, Sierra convierte a Fovel, ahora desaparecido, en miembro de una comunidad secreta de Maestros instructores, seres sobrenaturales que cuidan de esas obras que forman el arcanon y de las que solo desvelan sus significados a ciertas personas, porque son “puertas” que conectan diferentes mundos, seres o civilizaciones, y no deben ser conocidas por todos. Personajes como él existen en el Louvre (el célebre fantasma Belfegor) y otros museos. Un jesuita erudito y un estudioso del arte, una conservadora del Prado y un astrólogo serán otros de los protagonistas de este thriller en el que se van desvelando los secretos de las obras mencionadas, pero también de esa orden de los maestros instructores y de sus adversarios, los observadores, un grupo materialista que no quiere que los humanos crean en la magia que protegen los primeros.

De El Bosco a Goya

En su paseo por el Prado, el escritor va desvelando muchos de esos secretos que se esconden en algunas de las obras del museo. En elTríptico del Jardín de las delicias señala un ojo oculto que hace a muchos visitantes sentirse vigilados. “Es el ojo de Dios, el que vigila a los terrenales que se están multiplicando después de su creación”. Y descubre también que la conexión que Dalí sentía con esa obra, de la que decía que le había profetizado, se podría deber a que una roca que aparece en la tabla izquierda tiene la silueta de su cara, bigote incluido. “El desarrollo pictórico de la obra de Salvador Dalí debe muchísimo al Bosco. El surrealismo ya estaba prefigurado en esta pintura”.

Javier Sierra ante el 'Tríptico del Jardín de las delicias'.

Javier Sierra ante el ‘Tríptico del Jardín de las delicias’. / Javier Ocaña

Hay más: en otro tríptico de El Bosco, el de El carro de heno, entre mil personajes más, aparece un hombre pez, una figura que aparece en las culturas mesopotámicas y que enseñaba a los antiguos sumerios a mirar las estrellas, a cultivar semillas o la base de las matemáticas y la geometría. Otro “maestro instructor”, en sus palabras. Cuenta que en La primavera de Boticelli, que está en los Uffizi, a la Venus la flanquean dos claros del bosque que tienen la forma de unos pulmones humanos. En una época en la que realizar una autopsia era un delito y un pecado de necromancia “es evidente que Boticelli había visto alguna”. Y en la sala que alberga las Pinturas Negras de Goya recordará la historia de un lector, Luis Oliva, que de niño, en los años 60, pasaba tiempo en el Prado con un padrastro vigilante. Una noche se quedó solo, encerrado tras una cortina desde la que solo podía ver El perro semihundido de Goya. “El perro en un momento dado giró el cuello y lo miró“, le contó el lector. De nuevo un niño viendo cosas que no todos vemos.

Las historias que cuenta sirven a Sierra para transmitir a sus lectores “que otras esas otras visiones existen, y que cuando las afinas y las perfeccionas los cuadros te cuentan otras cosas”. Es la suya dice, una propuesta para mirar. Y para que dejemos de visitar los museos pasando delante de las obras sin apenas prestarles atención, como si estuviéramos haciendo scroll en Instagram. “No comentamos ese error. Mi libro es un alegato para pulsar el botón de pausa delante de las grandes pinturas y aguardar a que nos hablen”.

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