Parthenope

Una imagen del cartel de 'Parthenope'.

Una imagen del cartel de ‘Parthenope’.

Aunque con retraso, he conseguido ver “Parthenope” antes de que la retiren de las salas de cine. Me gustan las películas de Sorrentino por la forma que tiene de mezclar, en un cóctel insólito, lo bello y lo grotesco. Ese exagerado contraste funciona, pues a través de su filmografía, de la historia íntima de sus ciudades, bajo cuyas faldas se cuela Sorrentino, pinta el napolitano un fresco de su país. Italia es algo parecido a la Capilla Sixtina, una alegoría desmesurada en la que aparecen Dios y el diablo, lo divino y lo pagano, las bajas pasiones y el temor del Altísimo, lo avasallador del mundo y las miserias humanas, con la única diferencia de que justos y pecadores no aparecen separados por un Cristo castigador, sino juntos y revueltos por obra y gracia de un director indulgente y amante de la naturaleza humana, con todas sus inmarcesibles contradicciones. Las ciudades son, en Sorrentino como en la realidad, entes vivos, fiel reflejo de sus gentes -o viceversa-, y ninguna expresa lo anterior como lo hace Nápoles. La pone frente a un espejo que deforma a su antojo y nos la trae a la pantalla, ensalzándola e insultándola, ejerciendo el privilegio único del que es hijo del lugar, pues sólo ellos pueden hablar mal de la madre. Lo hace a través de una bellísima mujer, a la que da el nombre arcaico de la ciudad en los tiempos de la Magna Grecia, “Parthenope”, encarnada en la gloriosa Celeste della Porta, bajo cuyo influjo quedó atrapado el gran Carlos Boyero. Esta Parthenope aparece tan carnal y volcánica como evanescente, accesible y elusiva, deseada y venerada. A uno Della Porta le recuerda a otra Parthenope igual de sensual, inteligente e inaccesible con la que la vida me cruzó hace ya unos años. Una película sólo es universal cuando es capaz de traernos recuerdos. “Parthenope” lo es. Nos hace viajar a través de los distintos estratos de su sociedad, capas de paisanaje que hablan de aristocracia y de mafia, de Iglesia y de populacho, de todos los tópicos que parecen cumplirse, uno tras otro, con grandeza y sin remisión. Que los tópicos se revelen ciertos nos aporta seguridad en nuestras creencias, en nuestros conocimientos, en nuestra cultura, pues los clisés no son sino la tramoya del Universo, el andamio sobre el que se arma una determinada civilización. La de Nápoles se presenta como grecolatina, por mucho que esa etiqueta se quede demasiado corta y canónica ante tanta exuberancia. Nápoles ha sido promiscua con todas las civilizaciones, y, como dice Umbral evocando a Breton, “Persia es todo lo que Grecia no se ha atrevido a ser”. En ese sentido Nápoles tiene mucho de persa, de oriental, una frontera que trasciende lo barroco y que queda patente en la escena de sexo entre Parthenope y el cardenal en el sanctasanctórum de San Genaro, cubierta la Della Porta por todo el oro, las piedras y las joyas del tesoro que, como serpientes, se pierden entre sus piernas de pecado. La película arranca evocando el ménage-à-trois incestuoso de “Soñadores” de Bertolucci, un triángulo que acaba rompiéndose de modo trágico, una inflexión que saca a Parthenope de su realidad por el trauma, expulsándola hacia un exilio personal, un viaje de una sensualidad de veranos perpetuos y bendita insouciance hacia ese academicismo que parece guiar el día a día de la otra Italia, un sur y un norte separados por la distancia que existe entre la vida y sus expectativas. Pese a lo evocador de sus películas, Sorrentino nunca corta el vínculo con el realismo y nos dice que hay que huir de esa ensoñación que él mismo nos sirve en bandeja. Tras llevarnos de paseo por la hermosura marítima de Posillipo, nos traslada a la miseria de los bassi del barrio español, cielo e infierno de una villa de príncipes y de obreros llamados a emigrar, condenados a una eterna morriña e idealización de la ciudad como alma máter y que el director destroza en el discurso del personaje algo almodovariano de Greta Cool -una Loren demacrada- ante las fuerzas vivas de la ciudad. Dicen sus críticos que Sorrentino deja caer el hilo argumental por una simbología casi onírica, pero en ella se esconde precisamente el mensaje del autor, pues no es necesario inventar una trama cuando lo que se nos está mostrando es precisamente la hilatura que dibuja la ciudad. Sorrentino, como antes Fellini, se permite obviar el canon, pues el canon es Nápoles en sí misma y en su desmesura. Y en ella encontramos representada la comedia del arte carnavalesca de nuestra existencia, todo lo que está bien y mal en el mundo, el teatro de lo que somos y que Sorrentino no deja de recordarnos una y otra vez, con idéntica maestría.

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